El anuncio de la candidatura de Barcelona a las Olimpiadas de Invierno de 2022 abre un nuevo frente en las tormentosas relaciones entre Aragón y Cataluña. Cuando el interés por la opción de Zaragoza-Pirineos se había evaporado, el alcalde barcelonés, Jordi Hereu, ha hecho renacer aquí el espíritu del agravio catalán.
Por encima de la rivalidad deportiva, esta situación supone el enésimo desencuentro entre dos comunidades que parecen no saber cómo congeniar. Y más aún con cuestiones tan espinosas como los bienes de la Franja, el Archivo de la Corona, los diferentes trasvases o la financiación autonómica. Casi nada.
Gran parte de la prensa catalana (menos preocupada por el electoralismo de Hereu en su anuncio de lo que se cree aquí) ha llamado a la concordia con los aragoneses, probablemente consciente de que algo de golpe bajo sí que hay. De hecho, columnistas tan influyentes como Enric Juliana no han dudado en definir la noticia como un “equivocado pisotón” a los vecinos.
La moderación de los medios de comunicación choca con los graves errores en cuestión diplomática que han cometido los ayuntamientos tanto de Barcelona como de Zaragoza. El hecho de que Hereu no comunicase de antemano a Juan Alberto Belloch su candidatura es cuando menos un detalle feo, más cuando Jaca se retiró de la carrera olímpica hace dos décadas para allanar el camino de Barcelona '92. Frente a esto, las palabras del vicealcalde zaragozano Fernando Gimeno aconsejando al primer edil barcelonés que no pise la capital aragonesa para no ser abucheado retratan al dirigente socialista.Fuera de cuestiones políticas, lo cierto es que ambas candidaturas parten con opciones similares. La experiencia aragonesa en la carrera olímpica (ha sido rechazada en cuatro ocasiones) se contrarresta con la mayor capacidad de influencia de las elites catalanas, una baza sin duda a su favor. Por lo demás, en cuestión de infraestructuras y de comunicaciones la posición es similar, mientras que la costumbre en la organización de grandes eventos relacionados con el invierno es en los dos casos escasa.
Tanto una como otra opción deberán luchar, sin embargo, contra un enemigo común: la falta de nieve. Y contra el desapego de la ciudadanía, que en cuestión de grandes eventos atraviesa por una etapa muy cercana al hartazgo. Algo muy lógico cuando se comprueba que el maremoto que suponen estas pruebas se transforma, tras la tormenta, en un solitario y ruinoso cementerio de cemento.

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