
La economía española tiene una estructura productiva similar a la de Estados Unidos e Inglaterra, sus indicadores más importantes tienen bastante correlación con los de estos países, pero en la sociedad española se produce una paradoja que es de difícil conjugación, nos gusta (a quien le amarga un dulce) pagar impuestos como en las economías anglosajones pero al mismo tiempo demandamos servicios públicos como los que gozan los Países Nórdicos. Cuadrar el círculo siempre ha supuesto alguna dificultad.

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JULIO R. NAVARRO ANTÍN [Mayo 10] Recientemente el consejero Larraz presentaba los datos de desempleo referentes al mes de abril, que dicho sea de paso no han sido nada buenos para nuestra Comunidad Autónoma (podíamos haber escogido cualquier otro hecho para comenzar el articulo ya que los acontecimientos se suceden casi hora a hora) y el consejero de Economía, Hacienda y Empleo lo hacia de manera amable —es una manera de hacerlo—, diciendo que los datos eran mucho mejores (como no podía ser de otra manera, salvo Lock out) que los sucedidos en el mismo mes del año anterior, que fueron especialmente malos (eso lo digo yo). La realidad es que nos hemos acercado peligrosamente a la cifra mágica, y en este caso nada virtuosa, de 100.000 desempleados en Aragón y más de 4.600.000 en todo el Estado.
Llegados a este punto, el más doloroso de la crisis sin ninguna duda (miles de proyectos de vida rotos, muchos de ellos de manera irreversible), pasó la hora de buscar culpables, en mi modesta opinión es el tiempo de tomar decisiones. Se sabe, con el pequeño sesgo político que se pueda incluir en cuanto al reparto de los costes, lo que hay que hacer; se sabe, como dice el profesor Donges, que sólo se puede repartir la riqueza que se crea; y se sabe también que para crear riqueza en una economía de mercado es necesario seguramente por este orden: educación, formación y productividad, por cierto, una de las carecías de la economía española.
Aragón y toda España han de ser mucho más competitivos y existen al menos dos caminos para lograrlo: 1) bajar significativamente salarios, precios y márgenes empresariales (a mi no me gusta mucho pero a corto plazo no nos va a quedar otra) o 2) aprender de los países que ya soportaron la travesía del desierto en la década de los 90, (los países nórdicos con Suecia a la cabeza se sitúan entre las economías más competitivas del mundo, son las más innovadoras, tienen una alta tasa de trasferencia entre las Universidades y las empresas, todo ello con tasas de desempleo que producen envidia y con una cualificación del factor trabajo que resiste cualquier comparativa) y con estas condiciones indexadas a nuestra manera de hacer, exportar y exportar.
Durante estos años se han producido simultáneamente desequilibrios macroeconómicos que en crisis anteriores se manifestaban de manera individual, retroceso del PIB —seis trimestres consecutivos—, elevadas tasas de desempleo —alrededor del 20%—, elevado déficit por cuenta corriente —estuvo cerca del 13%— y un elevado déficit publico —por encima del 12%— y atajar todos los problemas de golpe sin sacar el bisturí es imposible. Primero caminar, poder caminar, pero al mismo corregir todas las malas posturas que se generan cuando se ha entrenado mal, para que cuando estemos recuperados podamos competir en igualdad de condiciones.
En otras ocasiones la salida de la crisis se ha gestado sobre grandes pactos en los temas que había consenso y éstos han propiciado cambios importantes en la manera de producir bienes y servicios a medio plazo, cambios siempre orientados a incrementar la productividad, cambios que en el futuro más o menos inmediato tendrán mucho que ver sobre cómo se reparte el valor añadido que se genere en las empresas, cómo se compensa el talento, quién genera talento, en definitiva, un cambio sustancial en las relaciones en las estructuras empresariales.
Lo que también es seguro, y sólo hay que mirar la historia, es que de las crisis siempre se sale de manera dolorosa, los ajustes que se propician tienen costes tanto a nivel social, como económico y político, lo que todos debemos perseguir es que estos sean los mínimos.
NOTA: Una pequeña maldad, si como calculan diferentes estudios realizados por algunas universidades españolas, la economía sumergida (que no paga impuestos) en España alcanza cotas cercanas al 23% del PIB, si el PIB español asciende a 1 billón de euros aproximadamente, parece obvio que reduciendo 5 puntos de fraude (no parece muy difícil), nos situaríamos en un déficit publico del 6%, que junto con las medidas adoptadas ya alcanzábamos la cifra mágica del 3% durante el año 2011 seguro.

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