Siglo XXI de Aragón
Número 67 · MAYO 2012
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SOCIEDAD / NÚMERO 53 DICIEMBRE 2010

Ruido. Ubicuo, volátil... y acotado por la ley

La contaminación acústica, o el ruido, es el cáncer metropolitano de la Zaragoza del siglo XXI. El ruido habita en los cláxones de los coches, en sus motores, en sus equipos de música, en la casa del vecino, adquiriendo forma de tacones, de televisión o de fiestas a horas donde debería de primar el silencio; el ruido también vive en los bares, desde que abren hasta que cierran, en las calles, las avenidas, los parques y las plazas, no importa cuál ni a qué hora. El ruido está presente en la tierra pero también lo está en el cielo. El ruido es omnipresente y ubicuo, es cosa de todos y a la vez de ninguno. Todo eso, y mucho más, es el ruido. Y por eso hay que acotarlo, social y legalmente hablando. Para que si Nueva York es la ciudad que nunca duerme, Zaragoza no llegue a ser la ciudad que nunca deja dormir.

Ruido
El tráfico es una de las principales causas de la contaminación acústica de la capital aragonesa. Foto: Víctor Lax.

SXXIDEARAGON. [Diciembre 10 ]Zaragoza, nos guste o no, es una ciudad ruidosa, y el porqué es muy sencillo: tiene todos los ingredientes necesarios para serlo. En primer lugar, es una metrópoli grande, por lo que el tránsito de ciudadanos es continuo a cualquier hora del día. Su parque automovilístico es, en consonancia con lo anterior, notable, y eso provoca que haya tráfico constantemente. Por otra parte, además, es una ciudad en permanente evolución y crecimiento, lo que conlleva que siempre haya obras por doquier (ahora mismo, sin ir más lejos, los trabajos del macro proyecto del tranvía), provocando, además de los ruidos propios de los trabajos, afecciones en el tráfico, que acaban por derivar en embotellamientos y, cómo no, en más ruido. Además de todo lo anterior, Zaragoza, obviamente, es una urbe con diversas zonas en las que el ocio nocturno está concentrado, por lo que el ruido en ellas generado es mayor, y también es una ciudad donde la presencia de ruido industrial es importante. Puede, no obstante, que no sea una ciudad especialmente ruidosa si la comparamos con otras, teniendo en cuenta para su medición factores tal y como el número de denuncias registradas por ruido, pero aun así, sí que es una ciudad ruidosa. Día a día, sin darnos cuenta por lo normalizado de la situación, los zaragozanos nos movemos por las calles de una metrópoli que incurre constantemente en contaminación acústica pero que, cosas de la rutina (el hombre, no lo olvidemos, es un animal de costumbres) ignoramos, banalizamos o simplemente aceptamos como compañera, por lo menos hasta el límite que marca nuestra paciencia.

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El ruido es la forma de contaminación más extendida en la sociedad urbana que nos ha tocado vivir. En última instancia se podría incluso afirmar que el ruido es producto de dicha sociedad, una sociedad que, sin ser demasiado consciente de ello, permitió que aquél fuese entendido como normal en el día a día. El problema surgiría luego, cuando se planteara la cuestión capital: ¿hasta qué punto es admisible, y tolerable, el ruido?

Para comprender el porqué de la situación actual con respecto del ruido, amén de para tener una buena cosmovisión de todo este asunto, tan intangible como complicado, debemos de remontarnos en el tiempo, hasta la década de los ochenta del siglo pasado. Con el censo demográfico en la mano, Zaragoza, en apenas diez años, se había hecho mayor. De los 479.845 habitantes con los que contaba en 1970 se había pasado a 590.750 en 1981. Con más de 100.000 habitantes ganados en una década, Zaragoza vivió un verdadero boom que acabaría por noquear la imagen de ciudad provinciana que hasta entonces tenía la capital de Aragón. Zaragoza ya estaba en el top-ten demográfico nacional, y con tamaña población la ciudad empezaría a crecer exponencialmente; nacerían nuevos barrios, el parque automovilístico crecería a la par que la población, se crearían nuevas zonas de ocio, se pondrían en marcha nuevas empresas ubicadas en también recién creados polígonos industriales… y con todo ello se generaría un hasta entonces desconocido (por lo infrecuente) problema: el ruido. El Ayuntamiento de Zaragoza empezó a percatarse muy pronto del malestar que las altas tasas de volumen generadas provocaba entre los vecinos afectados, hasta el punto de que en 1986, y junto a los ayuntamientos de Madrid y Barcelona, puso en marcha una iniciativa pionera: adoptar unas Ordenanzas de protección contra la denominada contaminación acústica.

es típico de la sociedad urbana en que vivimos, pero ¿hasta qué punto es admisible el ruido?

Aquellas primigenias ordenanzas, si bien resultaban lo suficientemente profusas para el por aquel entonces todavía virgen terreno legal, pronto se antojaron insuficientes para abarcar toda la materia de la que trataban, ya que con el tiempo irían surgiendo cada vez más y más diferentes tipologías de contaminación acústica: industrial, vecinal, la provocada por el tráfico rodado, la derivada de los locales de ocio nocturno, la del tráfico aéreo… Por ello, y conscientes de la necesidad de contar con más y mejor desarrolladas normas que acotasen legalmente el problema del ruido, el Ayuntamiento de Zaragoza se vería en la tesitura de analizar en profundidad este problema, en aras de actualizar, poco a poco, los textos legales reguladores de esta materia.

con la nueva ley las poblaciones con más de 20.000 habitantes deberán elaborar un mapa de ruido

Pasaron los años y llegó el siglo XXI, y era evidente que la realidad zaragozana poco o nada tenía que ver con la de 1986. La ciudad había crecido un poco más, hasta los 604.000 habitantes, pero su idiosincrasia era completamente diferente. Habían nacido nuevos barrios y otros estaban en proyección, el boom hostelero había provocado la puesta en marcha de infinidad de nuevos bares y establecimientos de ocio, el tráfico rodado había crecido exponencialmente... En definitiva, que se hacía necesario adaptar la ordenanza municipal a los tiempos que corrían. Para tal efecto, y 15 años después de aquella originaria normativa, el Ayuntamiento aprobó la Ordenanza para la protección contra ruidos y vibraciones, que fue publicada en el BOPZ el 5 de diciembre de 2001 y en la que se apuntaba que el ruido y las vibraciones constituían “la forma de contaminación más característica de la sociedad urbana actual, que produce graves afecciones tanto en la salud como en la calidad de vida de los ciudadanos, y que no sólo puede conculcar el derecho constitucional a disfrutar de un medio ambiente adecuado sino también el derecho a la salud (art. 43) y a la intimidad e inviolabilidad del domicilio (art. 18)”. En definitiva, que esta ordenanza nacía en el marco de los principios fijados por la Unión Europea en el V Programa de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible, en el que se planteaba como objetivo el hecho de que nadie estuviese expuesto a niveles de ruido tales que pusiesen en peligro su salud y calidad de vida. Aquel texto legal supuso una apuesta firme del consistorio zaragozano por lograr acotar, de una vez por todas, el volátil y voluble universo del ruido.

Curiosamente, numerosas autonomías comenzaron a desarrollar y poner en marcha durante aquellos años sus propias ordenanzas reguladoras en materia de contaminación acústica, creándose un amplio abanico ordenador de un asunto que, era evidente, empezaba a necesitar una legislación clara y común. Por ello, el ejecutivo nacional de José María Aznar sacó adelante la ley 37/2003 de 17 de noviembre, del ruido, una norma matriz sobre la que se derivarían el resto de ordenanzas al respecto de esta materia. Una de las principales aportaciones de aquella ley del ruido de 2003 fue que instaba a las localidades con población superior a 100.000 habitantes a elaborar los denominados mapas de ruido, que, según se apuntaba en la citada ley, permitirían “la evaluación global de la exposición a la contaminación acústica de una determinada zona” y “la realización de predicciones globales para dicha zona”, así como que posibilitarían “la adopción fundada de planes de acción en materia de contaminación acústica y, en general, de las medidas correctoras que sean adecuadas”.

uno de cada cinco zaragozanos sufre mayor nivel de ruido que el permitido por la ley

Con la entrada en vigor de esta ley, Zaragoza hubo de elaborar un mapa de ruido, cuyas conclusiones resultaron ciertamente reveladoras: uno de cada cinco zaragozanos sufría mayor nivel de ruido del permitido por la norma, establecido en 55 decibelios. El mapa acústico de la capital aragonesa concluía, además, que la principal causa de contaminación acústica de la ciudad era el tráfico. Pero ahí no acababa el informe del mapa acústico, y es que los cálculos realizados por Labein (la empresa de Bilbao encargada de este proyecto) arrojaron cifras preocupantes al respecto del ruido. Así, por ejemplo, el informe concluía que el 24% de los edificios considerados como sensibles (hospitales, colegios, etc…), también superaban los decibelios permitidos ya que, curiosidades del organigrama urbano, o bien se encontraban en vías principales de la ciudad o bien estaban situados cerca de una carretera (el 12%).

El mapa del ruido de Zaragoza evidenciaba, además, que diversas calles de la ciudad soportaban una contaminación acústica muy elevada, de más de 70 decibelios, como era el caso del paseo de María Agustín, Gran Vía, Marqués de la Cadena, la confluencia de la plaza de Europa con el Portillo o la avenida de Gertrudis Gómez de Avellaneda, entre otras. Curiosamente, dichas vías presentaban también un doble efecto contaminante, ya que, además de afectar a los viandantes, lo hacían a los vecinos, por tratarse de calles con numerosas viviendas próximas.

Pero no solo las calles eran objeto de contaminación acústica. Porque el ruido excesivo también golpeaba con fuerza las carreteras de acceso a la ciudad, tal y como el tramo de la N-232 que atraviesa Casetas, Miralbueno y Garrapinillos, la avenida de Navarra, la avenida de Cataluña desde la desembocadura en Santa Isabel, la carretera de Castellón y el tercer cinturón junto a las Fuentes o la Vía Ibérica por la N-330, entre otras. En definitiva, que Zaragoza era (y sigue siendo) una ciudad golpeada incesantemente por la contaminación acústica.

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